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Luis Boggiero Madrigal
Secretario General
- Grado en Estudios Sociológicos, Instituto Balmes de Sociología (CSIC, España)
- B.A. en Ciencias Políticas, Dublin University
- B.A. (cum laude) en Ciencias Sociales y del Comportamiento, Dublin University
- Máster en Relaciones Internacionales, Newport University
- Coach Organizacional, Universidad de los Andes
- Certified Professional Coach, Fowler Wainwright International
- Doctor Honoris Causa en Psicología Transpersonal, MLDI
- Doctor Honoris Causa, Instituto Mexicano de Victimología
- Diplomado en Estudios Sociopolíticos Contemporáneos, CIEDIS
EL DERECHO INTERNACIONAL O "LA LEY DEL EMBUDO".
El Derecho Internacional nació con una vocación noble y ambiciosa: regular las relaciones entre los Estados, limitar el uso de la fuerza, proteger la dignidad humana y ofrecer un marco jurídico común que sustituyera la ley del más fuerte por la fuerza de la ley. Sin embargo, en la práctica contemporánea, ese ideal parece diluirse con demasiada frecuencia en una paradoja inquietante: un derecho abundantemente proclamado, pero escasamente aplicado; ampliamente teorizado, pero selectivamente ejecutado.
La expresión popular “ley del embudo” —ancha para unos, estrecha para otros— describe con inquietante precisión el funcionamiento real del Derecho Internacional en un mundo profundamente polarizado. Las normas, resoluciones y tratados existen, se citan, se enseñan y se invocan con solemnidad; pero su cumplimiento efectivo depende, en demasiadas ocasiones, no de la justicia del caso, sino del peso político, militar o económico del actor implicado.
En teoría, todos los Estados son iguales ante el Derecho Internacional. En la práctica, esa igualdad se desvanece cuando entran en juego los equilibrios de poder. Algunas violaciones del derecho son calificadas inmediatamente como crímenes intolerables que merecen sanciones, aislamiento y condena global. Otras, similares o incluso más graves, son relativizadas, justificadas, ignoradas o pospuestas indefinidamente bajo el lenguaje ambiguo de la “complejidad geopolítica” o los “intereses estratégicos”.
Esta asimetría erosiona la credibilidad del sistema jurídico internacional. Cuando las normas se aplican de forma selectiva, dejan de ser derecho para convertirse en instrumentos políticos. El Derecho Internacional, entonces, ya no actúa como límite al poder, sino como una retórica legitimadora del poder existente. Se transforma en un lenguaje jurídico que reviste decisiones previamente tomadas, en lugar de orientar decisiones conforme a principios universales.
La paradoja se agrava en un mundo marcado por conflictos armados persistentes, crisis humanitarias prolongadas y profundas desigualdades económicas. Mientras se multiplican las declaraciones sobre derechos humanos, autodeterminación de los pueblos o protección de la población civil, millones de personas siguen padeciendo guerras, desplazamientos forzados, hambre y ausencia de justicia efectiva. La distancia entre el discurso normativo y la realidad cotidiana resulta cada vez más difícil de justificar.
No se trata de negar el valor del Derecho Internacional ni de desconocer los avances logrados a lo largo del siglo XX y lo que va del XXI. Existen logros indiscutibles, instrumentos valiosos y profesionales comprometidos con su aplicación. El problema no reside tanto en la arquitectura jurídica como en la falta de voluntad política para someter el poder a la norma y no la norma al poder.
El desafío central del Derecho Internacional contemporáneo es recuperar su coherencia ética y su legitimidad práctica. Sin imparcialidad, sin aplicación equitativa y sin consecuencias reales para todos los actores, el derecho corre el riesgo de convertirse en un mero ejercicio académico o en una herramienta discursiva vacía. Un derecho que no se aplica de manera consistente deja de ser derecho y pasa a ser opinión revestida de legalidad.
En última instancia, la pregunta no es si el Derecho Internacional está bien formulado, sino si la comunidad internacional está dispuesta a asumir el costo político de aplicarlo sin excepciones. Mientras la ley siga teniendo dos bocas —una ancha para los poderosos y otra estrecha para los débiles—, la promesa de un orden internacional justo seguirá siendo, más que una realidad, una aspiración pendiente.
Luis Boggiero Madrigal

En un mundo cada vez más interconectado, transparente y vigilado por consumidores informados, inversores responsables y legisladores atentos, la pregunta de si la ética empresarial es rentable ya no puede responderse solo desde el plano moral. Hoy, es una cuestión estratégica. ¿Puede una empresa que actúa con integridad, responsabilidad social y compromiso ambiental ser tan competitiva como una que maximiza beneficios a cualquier coste? La respuesta, avalada por estudios, experiencias y tendencias globales, es un rotundo sí. La ética empresarial no solo es un buen negocio: es el mejor negocio a largo plazo.
La ética: mucho más que un código de conducta
La ética empresarial va más allá del cumplimiento de la ley. Implica asumir principios de integridad, equidad, justicia, respeto a los derechos humanos y sostenibilidad en todas las áreas de la actividad corporativa. Abarca desde cómo se trata a los empleados, clientes y proveedores, hasta cómo se gestionan los recursos, se paga la fiscalidad o se interactúa con el entorno social y ambiental.
Una empresa ética no actúa simplemente para evitar sanciones, escándalos o boicots; lo hace porque reconoce que su legitimidad y sostenibilidad dependen de su reputación, de su licencia social para operar y de su capacidad para generar valor compartido.
Reputación y confianza: los activos más valiosos
Uno de los beneficios más claros de la ética empresarial es la construcción de reputación. En la era digital, donde la información viaja a la velocidad de un clic, las malas prácticas son rápidamente expuestas y castigadas por la opinión pública. Por el contrario, las empresas que actúan con transparencia, que reconocen sus errores, que promueven valores auténticos, generan confianza y lealtad entre sus consumidores, empleados e inversores.
Según el Edelman Trust Barometer, los consumidores están cada vez más dispuestos a premiar a las empresas que se alinean con sus valores y a castigar a aquellas que no lo hacen. Un escándalo de corrupción o una denuncia de explotación laboral pueden destruir años de esfuerzo y millones en inversión publicitaria.
La ética, entonces, se convierte en un factor diferenciador en un mercado saturado. Una marca ética transmite autenticidad, solidez y compromiso, y esto se traduce en valor de marca, fidelidad de clientes y atracción de talento.
La ética como ventaja competitiva
Contrario a lo que algunos sostienen, ser ético no es un lujo que encarece los costos o limita la competitividad. Numerosos estudios demuestran que las empresas con altos estándares éticos y de responsabilidad social obtienen mejores resultados económicos sostenibles en el tiempo. ¿Por qué?
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Mayor productividad interna: Los empleados que perciben que su empresa actúa con justicia, que promueve un clima laboral sano, inclusivo y coherente, trabajan con mayor motivación, compromiso y creatividad.
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Menor rotación de personal: Las compañías éticas retienen mejor el talento. La rotación constante genera altos costes operativos, formativos y humanos.
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Atracción de inversión responsable: Cada vez más fondos de inversión aplican criterios ESG (ambientales, sociales y de gobernanza) para decidir dónde colocar su dinero. La ética es hoy un criterio de inversión.
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Mejor gestión del riesgo: Las empresas que gestionan éticamente su relación con la comunidad, el medioambiente y sus stakeholders anticipan mejor los riesgos reputacionales, regulatorios y operativos.
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Clientes más leales: Un consumidor que percibe coherencia, transparencia y compromiso en una marca, está dispuesto a pagar más y defenderla frente a competidores.
Casos de éxito: ética y rentabilidad van de la mano
Empresas como Patagonia, Ben & Jerry’s, The Body Shop, Danone, Unilever o incluso grandes tecnológicas como Microsoft han mostrado que es posible construir imperios empresariales con base en valores sólidos. No son perfectas, pero hacen de la ética un eje estratégico. Comunican sus compromisos, rinden cuentas y se someten a evaluaciones externas. Su éxito demuestra que la ética no es un obstáculo para la innovación ni la expansión, sino un impulso para ambas.
En América Latina, iniciativas como el Sistema B han promovido el surgimiento de empresas “B” certificadas: negocios que buscan no solo el beneficio económico, sino también el impacto positivo en la sociedad y el planeta. Estas empresas prueban que es posible generar ganancias haciendo el bien.
El costo de la falta de ética
Las empresas que ignoran la ética lo hacen a su propio riesgo. Los casos de Enron, Volkswagen, Wells Fargo o Facebook (Meta) muestran que las malas prácticas pueden generar pérdidas multimillonarias, juicios interminables, pérdida de confianza y destrucción de valor. La falta de ética puede generar efectos devastadores no solo para la empresa, sino también para sus empleados, clientes y la sociedad entera.
Un estudio de la Universidad de Harvard evidenció que las empresas con malas prácticas éticas pierden más del 30% de su valor bursátil en los cinco años siguientes a un escándalo. Además, tardan mucho tiempo —si es que lo logran— en recuperar su prestigio.
Ética empresarial y sostenibilidad: dos caras de una misma moneda
En un contexto global marcado por la crisis climática, la desigualdad social, el agotamiento de recursos y la vigilancia ciudadana, la ética empresarial se conecta directamente con la sostenibilidad. No es posible ser sostenible sin ser ético. Y sin sostenibilidad, no hay futuro empresarial.
Las empresas del siglo XXI no pueden limitarse a obtener beneficios financieros. Tienen la responsabilidad —y la oportunidad— de liderar el cambio hacia una economía más justa, regenerativa y humana. Y este liderazgo ético es lo que las hará verdaderamente competitivas y resilientes.
Un buen negocio con propósito
La ética empresarial no es una opción marginal ni un discurso de marketing: es un modelo de gestión inteligente, estratégico y necesario. Aporta ventajas tangibles e intangibles, protege a la empresa de riesgos, fortalece su cultura interna, mejora su reputación y la conecta con los desafíos del mundo actual.
Las empresas que integran la ética en su ADN son las que construyen confianza, inspiran a sus equipos, fidelizan a sus clientes y perduran. Son aquellas que entienden que el verdadero éxito no se mide solo en cifras, sino en el impacto que dejan en las personas y en el planeta.
Sí, la ética empresarial es un buen negocio. Y probablemente, el único negocio viable a largo plazo.

Inteligencia Artificial y Cultura de Paz: Un Enfoque Prometedor para el Futuro.Luis Boggiero MadrigalLa inteligencia artificial (IA) ha emergido como una herramienta poderosa en la era moderna, transformando industrias, revolucionando la forma en que interactuamos con la tecnología y, más notablemente, ofreciendo soluciones innovadoras a problemas complejos. En medio de estos avances, hay un aspecto crucial pero a menudo subestimado de la IA: su capacidad para promover una cultura de paz en el mundo.La cultura de paz, definida por la UNESCO como un conjunto de valores, actitudes, tradiciones, comportamientos y estilos de vida que rechazan la violencia y previenen los conflictos abordando sus raíces estructurales, es fundamental para el progreso humano. La inteligencia artificial, con su potencial para fomentar la comprensión, la colaboración y la resolución de problemas, puede desempeñar un papel vital en la promoción de estos ideales.En primer lugar, la IA puede facilitar la comunicación intercultural y la comprensión mutua. A través de algoritmos de traducción avanzados y sistemas de procesamiento del lenguaje natural, la IA puede eliminar las barreras lingüísticas que a menudo obstaculizan la comunicación entre diferentes culturas y comunidades. Esto permite un intercambio de ideas más fluido y una mayor apreciación de las diversas perspectivas y experiencias, sentando las bases para la construcción de puentes entre sociedades diversas.Además, la inteligencia artificial puede ser utilizada para prevenir conflictos y promover la resolución pacífica de disputas. Los modelos de aprendizaje automático pueden analizar grandes conjuntos de datos para identificar patrones y tendencias que puedan indicar tensiones sociales o brotes de violencia inminentes. Al anticipar estos problemas, los líderes y las organizaciones pueden intervenir de manera proactiva, implementando medidas preventivas y mediando en conflictos antes de que escalen.Un ejemplo notable de esto es el trabajo realizado por el Proyecto Minerva, una iniciativa conjunta de varias universidades y organizaciones de investigación que utiliza algoritmos de IA para predecir conflictos civiles. Al analizar datos demográficos, económicos, políticos y sociales, el proyecto ha logrado identificar factores de riesgo que pueden conducir a la violencia, permitiendo a los gobiernos y las agencias humanitarias tomar medidas preventivas para evitar conflictos y proteger a las poblaciones vulnerables.Además de prevenir conflictos, la IA también puede desempeñar un papel importante en la promoción de la reconciliación y la construcción de la paz después de períodos de conflicto. Los sistemas de IA pueden ayudar a identificar y abordar las causas subyacentes del conflicto, facilitando la rehabilitación y la reintegración de los afectados. Además, la IA puede ser utilizada para promover la justicia y la rendición de cuentas, ayudando a documentar violaciones de derechos humanos y facilitar procesos de verdad y reconciliación.Sin embargo, a medida que exploramos el potencial de la IA para promover una cultura de paz, también debemos ser conscientes de los desafíos y riesgos asociados con su uso. La IA no es inherentemente neutral y puede reflejar y amplificar sesgos existentes en los datos y algoritmos utilizados para entrenarla. Esto plantea preocupaciones éticas y sociales sobre la equidad, la privacidad y el control humano sobre las decisiones automatizadas.Para abordar estos desafíos, es fundamental que los desarrolladores, los responsables políticos y la sociedad en su conjunto trabajen juntos para garantizar que la IA se utilice de manera ética y responsable. Esto requiere la implementación de marcos regulatorios sólidos, la promoción de la transparencia y la rendición de cuentas en el desarrollo y la implementación de sistemas de IA, y el fomento de la diversidad y la inclusión en la comunidad de IA para garantizar que se reflejen una amplia gama de perspectivas y experiencias.En resumidas cuentas, la inteligencia artificial tiene el potencial de ser una fuerza poderosa para promover una cultura de paz en el mundo. Al facilitar la comunicación intercultural, prevenir conflictos, promover la reconciliación y la justicia, la IA puede ayudar a construir un futuro más pacífico y próspero para todos. Sin embargo, para aprovechar plenamente este potencial, debemos abordar de manera proactiva los desafíos éticos y sociales asociados con su uso y trabajar juntos para garantizar que la IA se utilice de manera ética y responsable en beneficio de la humanidad.